La sharía va contra el café con cannabis en indonesia

La mezcla de contrabando tiene mucho éxito entre los consumidores locales y los compradores de otras regiones del sudeste asiático

Agus sumerge una cuchara de madera en un wok lleno de café y cánnabis y tuesta el «kopi ganja» (café ganja) con sumo cuidado. Esta mezcla prohibida es muy popular en la provincia indonesia de Aceh pese a la sharía.

La mezcla de contrabando tiene mucho éxito entre los consumidores locales y los compradores de otras regiones del archipiélago del sudeste asiático, que pagan hasta 1 millón de rupias (66 euros, 73 dólares) por un kilo, explica.

Preparar «kopi ganja» es bastante arriesgado en esta provincia, la única de Indonesia que aplica la sharía o ley islámica y donde beber alcohol o besarse en público puede castigarse con la flagelación.

Agus, quien no quiere revelar su nombre verdadero, trabaja en un sector clandestino pero floreciente. Aceh es la primera región productora de cánnabis en el país con una superficie cultivada equivalente al territorio de Singapur, según las estimaciones oficiales.

El cánnabis estuvo tan extendido en Aceh que los habitantes lo cultivaban en su huerto.

Eso era hace tiempo. El cánnabis fue prohibido en la década de 1970 e Indonesia adoptó una de las legislaciones antidroga más estrictas del mundo, que incluye la pena de muerte para los narcotraficantes.

En los últimos años algunos países como Chile, Argentina, México, Colombia, Canadá, Tailandia, entre otros, han legalizado el uso de cánnabis para uso estrictamente medicinal. Uruguay aprobó incluso su uso recreativo.

Indonesia no se lo plantea. En Aceh, la policía persigue a los cultivadores de cánnabis, los encarcela y quema las existencias de la marihuana confiscada: más de 100 toneladas el año pasado.

A pesar de los riesgos, Agus, un veterano que ha renunciado a un empleo altamente cualificado para fabricar café con cánnabis, asegura que es poco probable acabar en la cárcel.

«¿Cómo se puede prohibir algo que encuentras en todas partes?», pregunta. «La represión obliga a la gente a consumirlo clandestinamente, pero lo siguen consumiendo».

La dosis perfecta

La principal preocupación de Agus es conseguir la dosis perfecta para su mezcla: 70% de café de java y 30% de marihuana. «Si pones más del 30% de ganja, pierdes el sabor del café», explica a la AFP.

Es una bebida agradable, pero menos fuerte que fumar cánnabis o comer los «pasteles espaciales» locales: los «dodol ganja», una mezcla de cánnabis, arroz glutinoso, azúcar de palma y leche de coco.

«Esto te puede hacer alucinar de verdad», advierte.

El consumo de cánnabis en Aceh resiste a las prohibiciones, pero su origen sigue siendo un misterio.

Algunas fuentes afirman que lo trajeron los colonos holandeses hace cientos de años como regalo para el sultán de esta región cubierta de selva.

El historiador local Tarmizi Abdul Hamid asegura que el uso de cánnabis en la medicina tradicional, para expulsar las plagas de los cultivos o en la cocina, figura en manuscritos anteriores a la llegada de los holandeses.

Por ejemplo, uno de estos textos «asegura que la ganja puede usarse para tratar la calvicie o contra la presión sanguínea demasiado alta», señala.

Cultivo lucrativo

Al comienzo del siglo XXI, el cánnabis se encontró literalmente en el frente de la guerrilla independentista en Aceh.

Fauzan estaba recolectando cánnabis cuando las balas comenzaron a silbar en sus campos durante un enfrentamiento entre el ejército y los rebeldes en 2002, años antes de un acuerdo de paz que puso fin al conflicto sangriento.

Estima que el 80% de los habitantes de su pueblo natal de Lamteuba, a unos 50 km de la capital provincial Banda Aceh, eran cultivadores de cánnabis.

Los habitantes de este bastión independentista ocultaron los caminos que conducían a sus cultivos y construyeron escondites para la cosecha.

«Este pueblo es un paraíso. Puedes plantar cualquier cosa, crece». «Plantamos una semilla de cánnabis en el suelo, la dejamos y regresamos para la cosecha», dice Fauzan.

Pero, por miedo a las detenciones y después de sufrir varios robos, él abandonó el cultivo.

Ahora planta pimientos para alimentar a su familia y trabaja en una campaña gubernamental para convencer a los agricultores de que abandonen el cánnabis y se dediquen a las verduras y otras plantas. Una tarea nada fácil porque es una actividad lucrativa.

«Si el gobierno no se ocupa de la gente y no la ayuda, es probable que retomen sus viejas costumbres», opina.

Según Iqbal, un adepto del cánnabis, lo único que consiguió la prohibición fue desarrollar la habilidad de los habitantes en ocultar la marihuana, ya sea en el café o en un plato de fideos.

«No se puede acabar con la ganja en Aceh», asegura este hombre, que no quiere dar su verdadero nombre.

«Es más fácil deshacerse de la metanfetamina destruyendo un laboratorio. Pero cuando la policía destruye un campo de cánnabis, crece en otros lugares».

(Con información de AFP)

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