Nobel de la Paz al valor de sancionar los abusos del Poder
El Premio Nobel de la Paz a Navi Pillay llega en un momento en que el derecho internacional atraviesa una de sus pruebas más difíciles.
La guerra, las violaciones a los derechos humanos y la creciente tendencia a imponer la fuerza por encima de las normas que nos hemos dado como comunidad internacional ponen en entredicho décadas de construcción multilateral.
Por eso, reconocer a una mujer que ha dedicado su vida a combatir la discriminación, defender la dignidad humana y exigir justicia tiene hoy un significado que trasciende su extraordinaria trayectoria.
Al conocer la noticia, Navi hizo referencia a la valentía necesaria para decir la verdad. Una reflexión sencilla, pero de enorme profundidad. Porque la verdad, cuando incomoda al poder, rara vez encuentra un camino fácil. Y porque la justicia no avanza únicamente gracias a quienes proclaman grandes principios, sino también a quienes tienen el coraje y la perseverancia de convertirlos en derechos efectivos.
Navi pertenece, igual que yo, a una generación que vivió años de grandes transformaciones, pero también de profundas desigualdades. Para las mujeres, abrirse paso en los espacios académicos, profesionales y de decisión, suponía todavía enfrentar barreras que hoy pueden parecer lejanas, aunque muchas persisten. Desde trayectorias distintas, hemos visto cómo las mujeres conquistaron espacios antes reservados casi exclusivamente a los hombres y contribuyeron a transformar las instituciones que las habían excluido.
La historia de Navi tiene, además, una dimensión profundamente conmovedora.
Nació y creció en una Sudáfrica gobernada por el apartheid, donde el origen racial determinaba los derechos, las oportunidades y hasta los lugares que una persona podía ocupar. Eligió el derecho como camino para enfrentar aquella injusticia. Y años después, cuando Nelson Mandela llegó a la presidencia y Sudáfrica comenzó a construir su democracia, Navi fue nombrada jueza del Tribunal Superior de su país.
Pocas trayectorias expresan con tanta claridad el sentido de una transformación histórica: una mujer que había vivido bajo un sistema de discriminación institucionalizada pasaba a formar parte de la justicia de una nueva Sudáfrica. No era solamente una conquista personal. Era la demostración de que las sociedades pueden cambiar y de que las instituciones, cuando recuperan su sentido ético, pueden convertirse en instrumentos de igualdad y libertad.
Su compromiso trascendió las fronteras de su país. En el Tribunal Penal Internacional para Ruanda participó en una decisión histórica que reconoció que la violencia sexual podía constituir un acto de genocidio. Aquella sentencia abrió un camino para miles de mujeres cuya experiencia de violencia había permanecido durante demasiado tiempo al margen de la justicia internacional. Más adelante, desde la Corte Penal Internacional y como Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, continuó defendiendo la universalidad de los derechos y la responsabilidad de los estados frente a su violación.
Nuestros caminos coincidieron en el ámbito de Naciones Unidas en julio de 2008, ella como Alta Comisionada de Derechos Humanos y yo como Secretaria General Adjunta de Administración. Y si algo hemos aprendido durante esos años, es que el multilateralismo no es una construcción perfecta y que la ONU enfrenta uno de los momentos más críticos de su historia.
Construye consensos difíciles, con intereses contrapuestos, con avances que parecen demasiado lentos frente a la urgencia del sufrimiento humano. Pero también representa uno de los mayores esfuerzos de nuestra historia por sustituir la imposición de la fuerza por la fuerza del derecho.
Las Naciones Unidas nacieron de las ruinas de una guerra mundial, de la conciencia de que la paz no podía descansar únicamente en el equilibrio entre las potencias y de que la dignidad humana debía convertirse en una responsabilidad compartida. Su razón de ser sigue siendo más necesaria que nunca.
Me preocupa que, en el escenario internacional actual, se normalice la idea de que existen vidas que merecen más protección que otras, o de que los principios del derecho internacional pueden invocarse o ignorarse según las conveniencias políticas. La universalidad de los derechos humanos no admite que su aplicación dependa del poder de los estados o de la condición de las víctimas.
Por eso considero que el reconocimiento a Navi Pillay llega en un momento particularmente importante. Su trayectoria nos recuerda que la justicia no puede ser selectiva y que las instituciones internacionales deben responder, ante todo, a las personas. Nos recuerda también que el derecho no es solamente un conjunto de normas: es una conquista de generaciones que lucharon contra la esclavitud, el colonialismo, la discriminación racial, la desigualdad entre mujeres y hombres y tantas otras formas de exclusión.
Durante mucho tiempo, las mujeres fuimos vistas principalmente como víctimas de los conflictos, de la violencia y de la discriminación. Navi pertenece a una generación de mujeres que contribuyó a cambiar esa mirada. No sólo reclamaron justicia: participaron en su construcción. No sólo exigieron un lugar en las instituciones: ayudaron a transformarlas. Su contribución ha ampliado nuestra comprensión de los derechos humanos y de lo que significa una paz verdadera.
Celebro profundamente este reconocimiento a Navi Pillay. Lo hago con admiración por una mujer que ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos y con una convicción que mis años en Naciones Unidas no han hecho sino fortalecer: el derecho internacional y las instituciones multilaterales sólo tienen sentido si están al servicio de las personas, si protegen a quienes más lo necesitan y si son capaces de poner límites al poder. En un mundo donde estos principios vuelven a estar en disputa, la trayectoria de Navi nos recuerda por qué vale la pena defenderlos.
(Con información de La Jornada)
