La democracia comienza a morir cuando dejamos de participar

Quizá el mayor peligro para una democracia no sea sólo la desinformación, sino la resignación de los ciudadanos, “agachar la cabeza”.

Una persona desinformada todavía puede cambiar de opinión, aprender e involucrarse”, pero si está convencida de que participar no sirve de nada, deja de intentar transformar las cosas, señaló Khemvirg Puente Martínez, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM.

“Cuando millones de ciudadanas y ciudadanos sienten que nada cambia, la democracia se vacía por dentro”, si esto sucede persisten las instituciones, pero la energía cívica desaparece, prosiguió al participar en el ciclo de conferencias “Nuevas rutas y retos de la transparencia, el acceso a la información y la protección de datos personales en la UNAM”.

Por ello, transparencia, parlamento abierto y participación ciudadana son importantes, no sólo porque mejoran gobiernos o hacen más eficiente al Estado, sino porque ayudan a reconstruir algo fundamental: la idea de que nuestra voz sí tendría impacto. La democracia no necesita ciudadanas o ciudadanos perfectos, sino que crean que vale la pena involucrarse, planteó al dictar la tercera conferencia del ciclo titulada “Transparencia legislativa y parlamento abierto”.

Los dispositivos móviles, las redes sociales, los algoritmos y muchas plataformas digitales compiten permanentemente por nuestra atención, pero cuando ésta se fragmenta también lo hace nuestra capacidad de reflexionar, deliberar y participar en lo público. “La democracia requiere algo que hoy se está volviendo escaso: ciudadanas y ciudadanos capaces de detenerse, escuchar, informarse, discutir y pensar en colectivo”.

En la Sala Lucio Mendieta de la FCPyS, apuntó que quizá una de las tareas más importantes de nuestra época sea recuperar espacios de conversación, participación y deliberación, donde podamos volver a actuar como ciudadanas y ciudadanos y no únicamente como usuarios, consumidores o espectadores; “un parlamento abierto también compite por la atención ciudadana”.

Si las instituciones públicas desean reconectar con las juventudes, no bastará con publicar información. Tienen que construir formas de participación política más accesibles, claras y significativas. “La democracia también fracasa cuando los ciudadanos dejamos de actuar y empezamos a convertirnos en espectadores”, sostuvo.

Dijo que un congreso cerrado, opaco y distante produce ciudadanos pasivos, desconectados y desconfiados. En cambio, cuando las decisiones públicas se abren al escrutinio púbico y la ciudadanía puede participar, se entiende cómo se toman las decisiones, la democracia deja de sentirse ajena. La transparencia democrática implica construir condiciones para que las personas puedan comprender, evaluar e influir en las decisiones.

Parlamento abierto significa informar, pero también escuchar, dialogar e interpelar por la ciudadanía. Muchas veces se dice que los jóvenes no participan, sin embargo, sí lo hacen, aunque no siempre por los canales tradicionales; en ocasiones se organizan a través de plataformas digitales para visibilizar causas, fiscalizar el poder y exigir nuevas formas de representación, argumentó.

El reto no es pedirles que se adapten a instituciones viejas, sino que éstas aprendan a escuchar nuevas formas de ciudadanía, pues en el fondo la democracia depende de algo sencillo, pero profundo: que las personas sientan que su voz tiene valor. “La democracia comienza a morir cuando dejamos de participar, pero puede revivir si alguien decide involucrarse, preguntar, exigir información, organizarse o participar en lo público”.

En el encuentro organizado por la FCPyS y la Autoridad Garante de la UNAM, el académico consideró que la democracia sí trasciende el simple acto de votar. Una forma de participación ciudadana se da cuando la sociedad –en particular los jóvenes– interactúa en redes sociodigitales dando “me gusta” o comentando publicaciones de actores políticos con quienes simpatiza.

“Una democracia requiere participación, colaboración y la exigencia de cuentas. En una representación democrática, los ciudadanos forman parte del proceso político”, resaltó.

Por último, mencionó que algunos retos fundamentales para la democracia son: superar la desinformación, la polarización política, la desconfianza en las instituciones, la baja participación juvenil y la escasa formación cívica para dejar de ser simples “pacientes” del Estado y convertirnos en actores activos. “La democracia contemporánea también compite por nuestra atención, por lo que una ciudadanía distraída es más fácil de manipular”.

(Con información de Gaceta UNAM)

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