Las narrativas criminales y las tecnologías de la justicia

En las personas hay múltiples historias y existirán muchas más si consideramos que en un entorno individual los sujetos con quienes interactuamos podrían enriquecer nuestra experiencia y desarrollo

Sesgos narrativos de los cuerpos: tecnologías de la justicia y el ADN, fue el título de un ciclo de charlas virtuales realizadas por el Centro de Ciencias Genómicas (CCG) de la UNAM, en conjunto con el Centro Multimedia del Centro Nacional de las Artes y el posgrado de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAM Cuajimalpa.

Ahí, Sveinung Sandberg, investigador del Departamento de Criminología y Sociología de la Ley de la Universidad de Oslo, afirmó: “Los criminales como todos los demás, científicos o artistas o lo que sea que hagamos, usamos el repertorio narrativo de culturas particulares para darle una trama a nuestras vidas”.

Las narrativas son importantes porque nos ayudan a contar –y contarnos– nuestra propia historia. No solamente a explicar el pasado, sino también nos permiten saber qué queremos del futuro.

Es por eso que para entender mejor las situaciones que llevan a que una persona cometa un crimen y/o que termine en la cárcel, es necesario conocer su biografía de la manera en la que ésta la relata. Los procesos de reinserción social y, en el mejor de los casos, de trayectorias de desistimiento cobran sentido a partir de las historias que nos contamos sobre nuestros futuros.

Construcción

Las narrativas personales no se construyen en un vacío. La experiencia de vida, el ambiente, las relaciones personales, la autopercepción, el fenotipo y los consumos culturales se mezclan para dar sentido y realidad a una historia; pero para que todas estas variables puedan confluir deben encontrarse en un cuerpo afectivo. “Todos nuestros problemas son los del cuerpo” explica Claudia Alarcón, doctorante del programa de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAM Cuajimalpa, y añade que “Nuestras interacciones cobran sentido y significado mediante conceptualizaciones que tienen lugar gracias a las propias capacidades emocionales y cognitivas”, de ahí que sea tan importante identificar cuáles son los problemas que enfrentan los cuerpos afectivos en el encierro carcelario, y cómo es que los conciben.

Nos vemos obligados, por lo tanto, a entender el cuerpo –dinámico, cambiante– que se va construyendo a lo largo del tiempo, donde el ADN y los genes no sean destino, sino que dialoguen con el ambiente. Al respecto, David Romero, investigador del Programa de Ingeniería Genómica del CCG, elabora: “Más que considerarnos como un humano imbatible, monolítico, creo que tenemos dentro de nosotros muchas posibilidades. Decía el poeta Walt Whitman: ‘Yo soy infinito, contengo multitudes’, y creo que es cierto, aun dentro de nosotros hay multitudes, y habrá muchas más si empezamos a considerar que en nuestro entorno los seres vivos con los que interactuamos podrían enriquecer también nuestra experiencia y desarrollo”.

Es mediante estas vivencias que las personas construimos una diversidad propia, que también se ve reflejada dentro de nuestros grupos y en la sociedad. “Podemos introducir una nueva noción de experiencia”, comenta Ana María Martínez de la Escalera, doctora en Filosofía y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, “se definiría como este correlato de saberes, conocimientos, reglas, normas o tradiciones, y modalidades de subjetividad que pueden coexistir en un solo individuo y en una misma colectividad”. Es decir, no soy igual que hace unos años, ni cada que varío de ambiente social. Y con cada uno de estos cambios, mi narrativa se transforma.

No son únicas

Las narrativas personales no son las únicas que entran en juego, también las sociales, las científicas y las del Estado llevan una responsabilidad. Solemos asociar la ciencia y sus modelos a caracteres de objetividad y eficacia que en la práctica parecen imposibles de cumplir. Alan Turing, matemático inglés y uno de los padres de la computación, decía que “un modelo es una simplificación y, por lo tanto, una falsificación de la realidad”. Rafael Peña Miller, experto en modelaje matemático e investigador del CCG, ahonda al respecto: “un modelo es susceptible de ser falsificado, ya sea consciente o inconscientemente por sus creadores”. Esto inicia desde la selección de las variables por tomar en cuenta, así como del tipo de matemáticas que se vayan a implementar y de los datos por comparar. En otras palabras: los modelos –matemáticos o científicos– también contienen sesgos.

Un ejemplo de esto, dentro del entorno de la criminalidad, es la implementación de modelos de inteligencia artificial para el monitoreo del crimen en Estados Unidos. PredPol, o policía predictiva, es un programa creado hace 15 años, que busca predecir los lugares donde es más probable que vaya a suceder un crimen –basándose en el historial de reportes de arresto–, para que la policía monitoree estos espacios de manera más exhaustiva.

Carlos Méndez, quien construye modelos de inteligencia artificial para llevar a cabo su investigación dentro del CCG, explica: “Un modelo de éstos siempre va a imitar los datos con los que se le alimente”. Por ello, en el caso de las narrativas sociales, decidimos enfocarnos en la discusión de la herencia y el fenotipo, los cuales también cuentan con sus propios sesgos y contribuyen a formar la identidad del individuo.
La herencia se refiere a los genes, pero también involucra tradiciones, prácticas culturales y formas de ser.

ADN y pertenencia social

Por el lado de las narrativas sociales, decidimos enfocarnos en la discusión de la herencia y el fenotipo, que también cuentan con sus propios sesgos, y contribuyen a formar la identidad del individuo. Claudia Alarcón, quien también colaboró en la coordinación de estas charlas, precisa que los jóvenes en reclusión “tienen muy clara una identidad de pertenencia con su grupo social, se sienten parte de algo. Lo que hacen estos muchachos en general es buscar formas de compartir representaciones de la herencia, de cómo se ven a sí mismos, de cómo son vistos, con recursos, muchas veces muy encriptados –como pueden ser los tatuajes–, y que hay que aprender a leer entrelíneas”. Es decir, son muy conscientes de la imagen propia que construyen –o sea, su fenotipo– y cómo son leídos por el resto de la sociedad.

Porque la herencia no solamente se refiere al ADN o a nuestra ancestría. “La manera en que comemos, nuestro tipo de alimentación, si somos sedentarios o no, también se transmiten de una generación a otra: no sólo se heredan genes, también tradiciones, prácticas culturales y formas de ser. Y todo ello incide en el modo en el que se identifica una persona, cómo se le diagnostica o se le criminaliza”, finaliza Vivette García, investigadora de la Facultad de Ciencias de la UNAM y experta en los estudios sociales de la genética en México.

Por su parte, Javier Tapia y Silverio Orduña, de La Tallera, hicieron hincapié en la importancia de pensar la sensibilidad más allá de las fronteras del arte. Testimonios históricos como los de José Revueltas y David Alfaro Siqueiros nos permiten ver que el arte, la política, la poética y la justicia han amalgamado contranarrativas muy poderosas para pensarnos como sujetos históricos.

Atenuantes y estrategias para contrarrestar efectos negativos

El ciclo de charlas concluyó con la participación de Clare Allely, docente e investigadora de la Universidad de Salford, Inglaterra, quien trabaja como perito criminal en casos en los que el acusado ha sido diagnosticado con trastorno de espectro autista (TEA). Si bien esta condición pone al acusado en un estado de mayor vulnerabilidad frente al aparato normativo de justicia, también lo hacen factores ambientales, de crianza, de socialización y culturales, afirma. Es por ello que los diagnósticos psiquiátricos, en estos casos, deben venir acompañados de otro tipo de evaluaciones y consideraciones sobre cada persona, sugiere.

Para contrarrestar los efectos negativos de narrar los cuerpos desde modelos o vocabularios con sesgos raciales, colonialistas y de clase, es necesario el trabajo transdisciplinar. En palabras de Ana María Martínez de la Escalera: “Hay que entender la conversación como cooperación”. No sólo somos cuerpo en devenir desde las poéticas con las que decimos los cuerpos, o a partir de la relación con la microbiota y el entorno, sino en la forma en que nos articulamos como cuerpo colectivo”.

(Con información de Gaceta UNAM)

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