Microplásticos, riesgo para la salud cerebral

Prevención y cambio de hábitos, las mejores herramientas que palian sus efectos a largo plazo, dice Rafael Benítez

Contaminante común. El mal manejo de los residuos ha convertido los plásticos, en especial los que tienen un tamaño menor a los 5 milímetros, en uno de los contaminantes más comunes del planeta, encontrándose en el aire que respiramos, nuestro sistema hídrico y en la cadena alimentaria, consiguiendo de esta manera ingresar al cuerpo humano; en este último su presencia crea en los diferentes órganos inflamación en los tejidos, lo que a su vez afecta la funcionalidad de éstos.
Actualmente se producen 400 millones de toneladas de desechos plásticos al año y se calcula, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos –https://shorturl.at/vCUW5–, que la cantidad de residuos se triplicará en 2060, mientras que alrededor de la mitad terminará en rellenos sanitarios y menos de una quinta parte se reciclará.
Este mal manejo de los residuos ha convertido los plásticos, y en especial los microplásticos (con un tamaño menor a los 5 milímetros), en uno de los contaminantes más comunes del planeta, encontrándose en el aire que respiramos, nuestro sistema hídrico y en la cadena alimentaria, consiguiendo de esta manera ingresar al cuerpo humano.

“Al ingresar al organismo las partículas nanoplásticas atraviesan la barrera intestinal pasando al torrente circulatorio, donde se ponen en contacto con los macrófagos, células responsables de la respuesta inmunológica del cuerpo”, detalla Gregorio Rafael Benítez Peralta, académico del Departamento de Anatomía de la Facultad de Medicina.

Sin embargo, estudios recientes, comenta el especialista, han encendido la alerta sobre los daños que los microplásticos (MP) podrían ocasionar al cerebro: “Con la ayuda de modelos informáticos, los investigadores han descubierto que una determinada estructura superficial (la corona biomolecular) es decisiva para el paso de partículas de plástico al cerebro como el polistol –las cuales están cubiertas de colesterol o desnudas y pueden atravesar la doble membrana lipídica–, permitiendo su tránsito por la barrera hematoencefálica, que es un obstáculo celular importante el cual protege al cerebro de la invasión de patógenos o toxinas, facilitada por moléculas de colesterol y proteínas como transportadores”.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Rhode Island, en Estados Unidos, publicó un estudio titulado “La exposición aguda a microplásticos indujo cambios en el comportamiento y la inflamación en ratones jóvenes y viejos” en el International Journal of Molecular Sciences –https://shorturl.at/ar127–, en el que aseguran que cuando este tipo de residuos entra al sistema digestivo, y de ahí al torrente sanguíneo de los mamíferos, su presencia modifica la conducta de éstos.

“Los datos de estos ensayos sugieren que la exposición a corto plazo a MP induce tanto modificaciones de comportamiento como alteraciones en los marcadores inmunológicos en los tejidos del hígado y el cerebro. Además, observamos que estos cambios difieren según la edad, lo que indica un posible efecto dependiente de ella. Estos hallazgos aconsejan la necesidad de realizar más investigaciones para comprender mejor los mecanismos por los cuales los microplásticos pueden inducir cambios fisiológicos y cognitivos”, se lee en dichos estudios.

Gregorio Rafael Benítez Peralta explica que la presencia de nanoplásticos crea en los diferentes órganos del cuerpo inflamación en los tejidos, lo que a su vez afecta la funcionalidad de éstos.

“Sin embargo, se sabe que algunas partículas son excretadas por la vía fecal sin afectar algún sistema. Aquéllas de menos de 5 milímetros pueden depositarse en el hígado, tiroides y pulmón, produciendo tejidos inflamados. Referente al cerebro, se han encontrado en animales de laboratorio. Se observaron en embriones de pez cebra y en cerebros de ratones las partículas de plástico, con un tamaño cercano a los 200 nanómetros, detectables apenas dos horas después de su ingestión con alimentos”, señala Benítez Peralta.

El especialista refirió que la investigadora Verena Kopatz, de la Universidad de Medicina de Viena, ha propuesto que en cuanto a enfermedades degenerativas, las nanomoléculas podrían aumentar el riesgo de trastornos neurológicos o, incluso, padecimientos neurodegenerativos, entre ellos el alzhéimer o el párkinson. “Los cambios de comportamiento en los ratones hacen suponer la alteración de la función cerebral –demencia y depresión–, como afirma Lukas Kenner”.

¿Qué hacer?
Si bien la presencia del plástico en la vida moderna es en apariencia universal, algunos cambios en nuestro día a día contribuyen a reducir la cantidad de nanopartículas que afecten nuestra salud en el largo plazo.

Para evitar el consumo de poliestireno –“que está presente en los vasos de yogurt”–, señala Benítez Peralta, lo ideal es no comprar alimentos contenidos en ese tipo de empaque y dar preferencia a los envases de cristal.

La misma indicación se extiende al consumo de agua a lo largo de la jornada, ya que al hacerlo en una botella de plástico podría significar que se ingieren unas 90,000 partículas de este material al año.

“Una solución más difícil es cambiar el estilo de la ropa que usamos, muchas telas están llenas de materiales plásticos como el nylon”, las cuales al lavarse, apunta el investigador, aumentan la cantidad MP en el ciclo hídrico del planeta.

Y subraya: “Somos víctimas de nuestros propios inventos. Es muy complicado realmente que pueda haber una fórmula mágica o un remedio”. Por lo anterior, concluye, lo mejor es prevenir y cambiar hábitos de consumo poco a poco, con el objetivo de reducir la cantidad de plástico en nuestro cuerpo.

EL EXPERIMENTO
Científicos de la Universidad de Rhode Island diseñaron una serie de pruebas en las que a lo largo de varias semanas se suministró agua tratada a un grupo de ratones, cuyas edades incluían especímenes jóvenes y viejos. El líquido contenía partículas de poliestireno con un agente bioluminiscente que facilitaba su posterior identificación. Al cumplir el plazo se encontraron rastros de microplásticos (MP) en hígado, bazo, riñones y otros órganos que conforman el sistema digestivo; además, se hallaron partículas en el tejido del cerebro a pesar de que la exposición fue breve, de sólo unas cuantas semanas.

Posteriormente se realizaron pruebas de campo con los ratones. Fueron liberados durante 90 minutos en un campo abierto con poca iluminación. Aquellos que estuvieron expuestos de manera más intensa a los MP se resguardaban menos que el grupo con una exposición menor a los residuos; asimismo, presentaron comportamiento errático y la disposición a viajar distancias más largas sin buscar refugio. Al ser analizados, también mostraron una mayor inflamación en órganos y tejidos.

“Hemos demostrado que las PS-MP de 0,1 y 2 μm pueden reducir la viabilidad celular, trasladarse por todo el cuerpo, acumularse en tejidos, incluido el cerebral, modificar notablemente el comportamiento en ratones C57BL/6J después de sólo tres semanas de exposición y alterar significativamente los marcadores inmunológicos en ambos ( hígado y cerebro). Además, sus efectos parecen depender de la edad. La investigación sobre las consecuencias a dicha exposición en mamíferos sigue siendo un campo muy amplio con muchas variables que vale la pena investigar”, se argumenta en el estudio.

“Dado que la exposición humana a los MP es inevitable debido a su persistencia y omnipresencia en el medio ambiente, es esencial comprender mejor su toxicidad para limitar su impacto en la salud humana”, alertan.

(Con información de Gaceta UNAM)

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