La neurobiología del miedo o hasta las moscas tienen miedo
El miedo se define como las respuestas ante una amenaza real o percibida. Estas respuestas son comportamientos innatos coordinados principalmente por una zona del cerebro llamada amígdala, que procesa las reacciones emocionales.
No anda en burro, ¿o sí?
Antes de tratar de explicar nuestra fascinación por lo aterrador pensemos si el miedo es una emoción exclusiva del ser humano o si otros animales también lo sienten.
El filósofo estadunidense Thomas Nagel abordó un problema similar en su ensayo “¿Qué se siente ser un murciélago?”, en el que plantea que no podemos saberlo a menos que seamos un murciélago.
Podemos imaginar que volamos en la oscuridad polinizando flores, que utilizamos la ecolocalización para ubicarnos en el entorno, que comemos frutas o insectos y que descansamos colgados de cabeza.
Esto nos daría una idea de cómo sería para nosotros comportarnos como un murciélago, aunque no sabríamos qué siente un murciélago de ser un murciélago.
Pero sí podemos suponer que sienten emociones parecidas a las nuestras, como el miedo.
Así como nosotros gritamos cuando alguien nos espanta, los murciélagos emiten vocalizaciones de angustia cuando les tocan la pancita con un hisopo de algodón, como reportó un estudio publicado en 2023 por un equipo de científicos dirigido por Kazuki Yoshino-Hashizawa.
Lo curioso de esta investigación es que la frecuencia cardiaca de otros murciélagos a los que nada amenazaba aumentó cuando oyeron los chillidos de sus congéneres tocados por el cotonete (y hasta respondieron al mismo sonido cuando lo reprodujeron con una bocina).
Algunos ejemplares hasta se paralizaron. Éstas son respuestas comunes al miedo. A fin de cuentas los murciélagos y otros mamíferos tienen en el cerebro las mismas estructuras asociadas con esta emoción que nosotros.
La neurobiología ante el peligro
Existen seis respuestas distintas que suelen sucederse en orden, llamadas cascada de defensa. Para entenderlas mejor imaginémonos que nos adentramos en una selva, sin compañía y sin kit de supervivencia.
De pronto, oímos un ruido extraño.
Nuestra primera respuesta es un estado de alerta y excitación. La amígdala recibe información sobre una amenaza y avisa al hipotálamo –una región del cerebro que regula muchas funciones vitales–, el cual prepara al cuerpo para la acción alertando al sistema nervioso simpático, una parte del sistema nervioso autónomo que activa el cuerpo para reaccionar.
Necesitaremos oxígeno y energía, por lo que la respiración se acelera y el corazón late más rápido; aunque estos procesos normalmente son regulados por el sistema parasimpático (otra parte del sistema nervioso autónomo) a través del nervio vago, que en este caso cede el control.
La sangre debe llegar adonde más se necesita, como los músculos, por lo que aumenta el tono muscular. Las glándulas salivales quizás no sean tan necesarias en este instante, así que pasan a un segundo plano y se nos seca la boca.
Una vez que el cuerpo está preparado para actuar, la amígdala activa la sustancia gris periacueductal lateral, una región de la base del cerebro que se encarga de atenuar la percepción del dolor y coordinar las respuestas de los músculos de la faringe y las extremidades:
Es decir, si gruñimos o gritamos del susto, si le entramos a los guamazos o si salimos corriendo. Se trata de la clásica respuesta de pelear o huir.
O también podríamos quedarnos congelados, una tercera respuesta conocida como inmovilidad atenta. En esos casos, la amígdala activa la sustancia gris periacueductal ventrolateral (la contraparte de la estructura del párrafo anterior), que cancela el movimiento.
Desde un enfoque evolutivo, esto disminuye las probabilidades de que seamos vistos por un depredador cuyo cerebro se especialice en detectar objetos en movimiento y nos permite ganar tiempo para saber qué hacer.
Si todo falla y la amenaza es inevitable, quizá sea mejor hacerse el muerto. En esta situación, la misma estructura cerebral encargada de cancelar el movimiento se activa hasta un punto crítico que provoca una respuesta llamada inmovilidad tónica.
El cuerpo se pone rígido y con suerte el depredador pensará que somos un cadáver rancio y se marchará en busca de comida fresca. Si nos va mal nuestro consuelo es que la percepción del dolor seguirá bloqueada, aunque tal vez aún sigamos conscientes.
Por eso, otra buena opción ante una amenaza inevitable es desconectarse de la realidad. Esta quinta respuesta es la inmovilidad colapsada, mediada por la misma red neuronal que guía la inmovilidad tónica y por el nervio vago, que recupera el control del sistema parasimpático.
La diferencia es que aquí disminuye el flujo sanguíneo, lo que provoca la pérdida de tono muscular y la hipoxia cerebral. O sea, el cuerpo se pone flácido y perdemos la conciencia. Nos desmayamos.
Si de chiripa sobrevivimos, la sexta y última respuesta es la inmovilidad quiescente, también mediada por la sustancia gris periacueductal ventrolateral. Es una reacción al dolor y las lesiones que promueve la recuperación una vez que estamos a salvo.
Cada respuesta de la cascada de defensa tiene un patrón neuronal distintivo, pero comienza con instrucciones de la amígdala al hipotálamo y a la sustancia gris periacueductal y se extiende por el resto del cuerpo gracias a núcleos de neuronas que activan o inhiben los sistemas simpático y parasimpático.
Además, las respuestas dependen de la especie y varían de acuerdo con el contexto y el nivel de riesgo. Los animales no reaccionamos igual ante una amenaza lejana que ante una inminente, y la respuesta también cambia según el contexto: si estamos solos o acompañados, o si ya vivimos algo similar.
¿Qué haríamos sin ti, amígdala?
En las profundidades del cerebro se encuentran varios núcleos de neuronas con diversas funciones. El núcleo basal tiene forma de almendra, que en griego se dice amygdale, y por eso se llama así. Aunque en realidad tenemos dos amígdalas, una a cada lado del cerebro, en los lóbulos temporales mediales. La amígdala participa en varias funciones emocionales, entre ellas las conductas agresivas, maternales, sexuales y de alimentación, además de procesos como el aprendizaje, la recompensa y la adicción. Sin embargo, el miedo sigue siendo la función con la que más se le asocia.
Y con justa razón.
Sin la amígdala seguramente visitaríamos casas embrujadas con la misma emoción que un parque de diversiones, las películas de terror apenas despertarían nuestra curiosidad y no sentiríamos miedo, o bien querríamos acariciar animales peligrosos como serpientes y arañas cual si se tratara de perritos. Al menos así es como vive la paciente SM, una mujer estadunidense cuya amígdala ha desaparecido casi por completo por culpa de una rara enfermedad genética conocida como enfermedad de Urbach-Wiethe. Además, aunque su memoria, lenguaje y cognición están intactos, SM no reconoce la cara de miedo en las personas, lo que refuerza la idea de que la amígdala tiene un papel importante en esta emoción.
¿Y si la paciente SM sí siente miedo pero lo oculta muy bien? Para salir de dudas veamos qué ocurre con la amígdala de otros animales y cómo se relaciona con el miedo. A principios del siglo pasado Iván Pávlov observó que los animales podían aprender a asociar estímulos disconexos y demostró así que la experiencia puede modificar la conducta. A partir de estos hallazgos otros investigadores estudiaron cómo también puede aprenderse el miedo. Por ejemplo, si un mono oye el tintineo de una campana se mostrará indiferente, pero si el sonido va acompañado de una descarga eléctrica y se repite muchas veces, el pobre animal asociará los tintineos con el peligro y aprenderá a tenerles miedo. Afortunadamente, puede enseñársele al mono a evitar la descarga eléctrica presionando un botón. Pero si su amígdala está dañada ¡no lo hará!, y tampoco mostrará otras conductas asociadas con el miedo.
Dejemos a un lado el mamiferocentrismo. Una mosca que detecta una amenaza también muestra conductas que asociamos con el miedo. En un experimento clásico de 1974 sobre el aprendizaje del miedo, Seymour Benzer y su equipo estudiaron moscas de la fruta que eran atraídas mediante un olor para que se posaran en una plataforma que les aplicaba diminutas descargas eléctricas. Naturalmente, las moscas huían. Con las repeticiones, las moscas aprendían a rehuir ese olor y no volar en su dirección. Pero las moscas no tienen amígdala. Entonces, ¿qué desata la conducta? La respuesta está en los mecanismos moleculares relacionados con la memoria y el aprendizaje.
Al igual que los monos con daños en la amígdala, hay moscas que parecen no tenerle miedo a las descargas eléctricas. Esas moscas reciben nombres ingeniosos como dumb (tonta), dunce (zopenca), amnesic (amnésicas) o, más formalmente, PKA-R1. Ésos son los nombres de genes que, si están defectuosos, descarrilan todo el mecanismo molecular relacionado con el aprendizaje del miedo y provocan que las moscas sigan electrocutándose las patitas.
Este mecanismo molecular también se ha estudiado en mamíferos. En las moscas, ocurre en los cuerpos fungiformes, una región de su cerebro relacionada con el olfato, y en los mamíferos, en la amígdala, ¡que tiene una región evolutivamente primitiva ligada al olfato! Esto sugiere que el miedo es un mecanismo ancestral que se ha conservado a lo largo de la evolución porque aumenta las probabilidades de supervivencia.
Junto con el placer
Todo esto nos ayuda a entender cómo los organismos detectan el peligro, aprenden a evitarlo y tienen respuestas biológicas muy parecidas entre especies. Pero los humanos nos empeñamos en asustarnos por gusto. ¿Por qué?
Lo que nos causa placer y lo que nos da miedo suelen presentarse juntos más de lo que pensamos y desde etapas muy tempranas. Por ejemplo, cuando una mamá se tapa la cara con las manos y le pregunta a su bebé “¿Dónde está mamá?”, el bebé se asusta y comienza a llorar, pues aún no ha desarrollado el sentido de la permanencia de los objetos (en otras palabras, cree que su mamá no está porque no la ve). Pero en cuanto la mamá se descubre y dice “¡Aquí está!”, el bebé se pone contento. También hemos hecho brincar del susto a alguien al sorprenderle por la espalda, lo que después suele acompañarse de una sensación de alivio y risas.
Para entenderlo revisemos la bioquímica. Pero no huyas.
Usemos como ejemplo la casa embrujada de un parque de diversiones. El ambiente oscuro y los gritos nos ponen en alerta. Más precisamente, la amígdala envía un impulso nervioso al hipotálamo. Esta señal viaja rápidamente por la médula espinal hasta alcanzar las glándulas suprarrenales, ubicadas encima de los riñones, que liberan adrenalina, la hormona responsable de que se aceleren el corazón y la respiración. Al mismo tiempo, el hipotálamo manda la hormona liberadora de corticotropina a la glándula pituitaria, que está justamente debajo de él; como su nombre lo indica, esta hormona causa la liberación de corticotropina. Como en una carrera de relevos, la corticotropina viaja por la sangre a las mismas glándulas suprarrenales de donde salió la adrenalina, pero ahora para liberar cortisol, una hormona que aumenta la concentración de glucosa en la sangre en caso de que necesitemos energía para luchar o huir.
Cuando salimos de la casa del terror, otra estructura cerebral conocida como el núcleo accumbens, una partecita de los ganglios basales que coordina el circuito de recompensa, interpreta la repentina desaparición del supuesto peligro como si hubiéramos sobrevivido a una amenaza y libera neurotransmisores asociados con la felicidad y el placer, como la dopamina y las endorfinas.
Creamos un sube y baja emocional que primero aumenta la tensión y luego nos hace sentir un alivio más intenso y gratificante. Nos dejamos llevar por la ficción del terror porque al final sabemos que todo estará bien.
Lo mismo dice la teoría de la transgresión benigna (desarrollada por Thomas Veatch, Peter McGraw y Caleb Warren): algo nos parece divertido (y por lo tanto placentero) cuando una situación que parece peligrosa es segura en realidad, como cuando creemos ver a alguien en el cuarto, pero al prender la luz vemos que sólo es un montón de ropa en una silla y nos reímos. Quizás otros animales también disfrutan de situaciones aparentemente amenazantes. Muchos mamíferos juegan a morderse suavemente y a brincar unos sobre otros sin llegar a lastimarse. ¿Es una transgresión benigna? Tal vez. Es posible que jugar así los prepare para enfrentarse a peligros reales.
¿Y nosotros? Muchos de los seres fantásticos que creamos han servido para explicarnos acontecimientos que no entendemos: las cosas desaparecen porque se las llevan los duendes, cuando nos quedamos paralizados mientras dormimos es porque se nos subió el muerto y cuando oímos ruidos raros en la casa se debe a que hay fantasmas. Quizá estas explicaciones hayan cumplido también la función de prepararnos para peligros reales y tal vez para no dejarnos hipnotizar por las sirenas de los mares ni devorar por espíritus malignos que habitan los bosques, o para que no nos lleve la Llorona cuando ronda por la noche.
Entes sobrenaturales
He sentido miedo muchas veces, pero ninguna como la vez que, solo en casa, percibí un ruido extraño y me quité los audífonos para prestar atención. Me pareció oír a una mujer lamentándose por sus hijos. Se me erizó la piel y salí disparado a mi cuarto. “Si la oyes cerca quiere decir que está lejos”, dicen los rumores, pero eso no evitó que me escondiera entre las cobijas. Una parte de mí quiso ponerse a rezar, pero la otra pensó que debía haber una explicación lógica. Enseguida me armé de valor y me acerqué a la ventana. Era una perrita aullando. Los vecinos del departamento de al lado acababan de mudarse con ella y al parecer la dejaron sola esa tarde.
La leyenda de la Llorona es muy popular en México, pero historias de seres sobrenaturales las hay en todo el mundo. Se habla de vampiros, fantasmas y hombres lobo casi en cualquier lugar. Otros monstruos, en cambio, aparecen sólo en ciertas regiones y suelen estar relacionados con los animales locales: en Grecia, se cuentan historias de hombres jabalí, en India, de hombres tigre y en África, de hombres pantera.
Estas criaturas, tan fantásticas como aterradoras, se han registrado por siglos en catálogos llamados bestiarios. El más antiguo del que se tiene registro es el Physiologus, una obra griega anónima escrita entre los siglos II y IV de nuestra era. Más recientemente tenemos El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges, que reúne seres que han aterrorizado a la humanidad por siglos, así como otros más modernos. Nuestra fascinación por lo sobrenatural y el horror no se limita a estos catálogos: también está en la literatura, el cine y los videojuegos.
(Con información de Gaceta UNAM)
