Proteccionismo y aranceles pegan a consumidores

Londres, Inglaterra. El proteccionismo es visto hoy por los estudiosos como un problema que esconde otra gran cantidad de situaciones, lo que se aprecia en una guerra muy actual de aranceles.

Cuando un gobierno impone aranceles a productos importados, el objetivo suele ser proteger la industria local.

Pero el resultado inmediato y casi inevitable es el mismo: el consumidor paga más por lo que compra. La razón es sencilla: los aranceles son, en esencia, un impuesto sobre los bienes que entran al país. Y como todo impuesto, alguien termina asumiendo el costo.

Este impuesto no lo pagan los exportadores extranjeros, sino los importadores locales. Frente a este costo extra, las empresas tienen una disyuntiva: absorber la pérdida y resignar sus márgenes de ganancia, o trasladar el aumento a los precios que pagan los consumidores.

La evidencia muestra que, en la práctica, la segunda opción es la más común. Un estudio de la Reserva Federal de Nueva York reveló que, en 2025, las empresas trasladaron a los consumidores la mayor parte de los costos arancelarios, en lugar de que los exportadores extranjeros los absorbieran.

El carácter de los aranceles como impuesto al consumo los convierte en una herramienta regresiva.

Los hogares con menores ingresos destinan una mayor proporción de su presupuesto a bienes de consumo diario -electrónica, ropa, electrodomésticos, automóviles- que son precisamente los que suelen estar gravados por estos aranceles.

Por el contrario, las familias con mayores ingresos gastan una menor parte de su renta en estos bienes y más en servicios y ahorro, por lo que el impacto relativo es menor.

Un modelo del Laboratorio de Presupuesto de Yale estimó que los aranceles elevaron el nivel general de precios en más de un uno por ciento en el corto plazo, reduciendo considerablemente el poder adquisitivo de los hogares.

Se calcula que el hogar estadounidense promedio pagó aproximadamente mil 700 dólares en aranceles durante el último año de fuertes incrementos. Este mecanismo también explica por qué la industria automotriz argentina, protegida durante décadas por altos aranceles, ha encarecido los vehículos hasta un 50 por ciento más que en el resto del mundo.

Más allá del impacto inmediato en el bolsillo del consumidor, el proteccionismo genera distorsiones económicas de largo plazo.

Los aranceles encarecen tanto los bienes de consumo final como los insumos intermedios que utilizan las empresas para producir.

Este choque de oferta reduce la producción y el empleo en los sectores que dependen de esos insumos, lo que genera un dilema para la política económica: inflación más alta y menor crecimiento al mismo tiempo.

Un informe de JPMorgan sobre Argentina señala que décadas de protección estatal crearon un sector manufacturero estructuralmente poco competitivo, con baja productividad y fuerte dependencia de barreras comerciales.

La protección a unos pocos sectores -como el automotriz, textil o de electrodomésticos- se convierte en un subsidio encubierto que pagan todos los consumidores.

El Banco de Canadá documentó que, durante la guerra arancelaria de 2025, solo aproximadamente una cuarta parte del arancel se trasladó a los precios finales en su país, pero el efecto fue inmediato y significativo: los precios de los productos gravados subieron seis por ciento más que los no gravados.

(Con información de Prensa Latina)

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