Exploran el uso de la IA con fines terapéuticos

En 2024, el mayor uso de inteligencia artificial (IA) generativa era la creación de ideas, uso que pasó al puesto seis en 2025, año en el cual su principal utilidad fue la terapia y compañía emocional. “La necesidad de cuidado parte de la orfandad social que vivimos y está generando una capacidad emocional en los modelos. Vale la pena detenernos a pensar por qué está pasando esto”, señaló Juan Pablo Duque Parra, académico del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH).

Durante la Jornada de Psicología Social: “El pensamiento crítico y el cuidado en tiempos de IA”, mencionó que el estudio de esa tecnología desde las ciencias sociales y psicosociales “es una novedad y estamos en un estadio exploratorio. Este paradigma rebasa cualquier caja de herramientas que teníamos: no contamos con marcos teóricos que comprobar y eso permite una relación con los datos, las personas y lo empírico de forma más natural”. Ese análisis exige interdisciplina.

El también cocoordinador de la Jornada explicó que ésta tiene que ver con una condición epistémica de las más importantes de la psicología, que es escuchar. “Hemos encontrado una preocupación de las juventudes acerca del cuidado y el pensamiento crítico. Y queremos saber qué dicen los datos y sus discursos acerca de esa inquietud”.

Antar Martínez Guzmán, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Colima y también cocoordinador de la Jornada, recordó a distancia que de sobra se sabe que las discusiones sobre la IA, inclusive desde perspectivas críticas, pocas veces ponen el acento en el cuidado; se dedican a usos, abusos, técnicas, mediación o formas de control, pero dicho concepto aparece pocas veces de manera explícita.

El cuidado, dijo, está vinculado con nuestras prácticas significantes y discursivas, y de alguna manera está atravesado por la palabra, por el lenguaje como herramienta de vínculo de construcción de realidades sociales. “Somos lo que podemos decirnos, los relatos que habitamos”; y cuando las máquinas se introducen en el ámbito del lenguaje humano se trastoca la actividad simbólica en formas que aún estamos por comprender, advirtió.

Al dictar la conferencia magistral “La psicosociedad de los objetos técnicos”, Pablo Fernández Christlieb, profesor de la Facultad de Psicología de la UNAM, señaló que las revoluciones técnicas son acontecimientos históricos que sobrevienen cuando las máquinas existentes ya alcanzaron su estado óptimo, y a partir de ahí ya no pueden crear nada necesario y comienzan a generar cosas perversas o pervertidas, como los autos que ya no producen transportes o viajes, sino contaminación, atascos, atropellamientos, ostentación o discriminación social.

Los objetos técnicos de la revolución electrónica, como celulares y artefactos posmecánicos, ya no están hechos de piezas, sino de energías, de información. Esta última es una fuerza que se expande y se extiende en un campo hecho también de información, el procesador, siguiendo instrucciones llamadas algoritmos que se depositan en una memoria.

Para el pensamiento de la sociedad, “que lo único que tiene es el sentido común”, los teléfonos móviles y las computadoras por dentro tienen energía, incomprensible por definición, insondable, lo cual los hace objetos oscuros, opacos, como cajas negras.

Criticar u oponerse a la tecnología es una tentación, dado que a menudo se producen perversiones; pero nadie con sentido común se atrevería a decidir cuándo ya no debe haber más avances tecnológicos, porque seguramente con eso nos hubiéramos perdido de la impronta de Gutemberg, los aviones, la World Wide Web, o los telescopios espaciales que localizan la materia oscura, destacó.

Ser “fan” a favor de la tecnología no es entenderla, sino seguir encandilado con todos los gadgets que se venden y obedecerlos en lo que digan, lo cual no hace a alguien tecnólogo, sino sólo consumista, mencionó el especialista en el auditorio del CEIICH.

Como la información, el pensamiento es sólo de ida. Siempre avanza y no puede pararse; nunca se detiene. En tanto, las máquinas pueden proseguir su carrera sin fin hasta, por ejemplo, independizarse de nosotros y nuestra vida, y hacer que la tecnología produzca mercancías, pero no tenga sentido, consideró Fernández Christlieb.

Los objetos técnicos tienen pensamiento, pero no conciencia. Ésta, al parecer, es ese pensamiento que sí puede volver sobre sus pasos, capaz de pensar sobre sí mismo y por lo tanto venir de regreso al lugar de donde salió: el propio cuerpo. Por ello, la IA no podrá tener conciencia, porque no tiene un cuerpo con el cual sentir que piensa, reflexionó.

Rehumanizar la tecnología es sentir al cuerpo, a eso desconocido que somos, en el martillo atinándole al clavo, o en el teléfono móvil que traemos en la bolsa y que ya hay que revisar. “Cuando uno siente que la vibración del celular es la misma que las ganas de contestar, habrá entendido todo y, a lo mejor, de puro gusto, no conteste”, concluyó el universitario.

(Con información de Gaceta UNAM)

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