Sequía: 10 mil campesinos al borde la quiebra en Chiapas
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Alrededor de 100 mil hectáreas de cultivos y tierras ganaderas ubicadas en diferentes regiones de Chiapas han sido afectadas por la sequía causada por el fenómeno de El Niño, lo que tiene a más de 10 mil campesinos de la frontera sur del país al borde de la quiebra, según reportes de agosto de 2026, afirmó Antonino García, investigador de la Universidad Autónoma de Chapingo.
Agregó que las regiones más afectadas hasta el momento son la Sierra, la Selva, la Meseta Comiteca, Palenque y la Depresión Central, al tiempo que manifestó que la sequía “ya está dejando en Chiapas una estela de cultivos perdidos, campesinos en la quiebra y una crisis humanitaria que se agrava día con día”.
Aseveró que “en la región de la Frailesca, la sequía ha puesto en riesgo hasta el 40 por ciento de los cultivos de maíz”, la base alimentaria de miles de familias. En la región Meseta Comiteca, agregó, son 45 mil hectáreas de maíz las afectadas.
“Chiapas es el epicentro de la crisis: sequía, hambre y desesperación. Los efectos no están en el futuro: ya son una realidad”, subrayó el investigador en un documento, en el que remarcó que los campesinos de Comitán y La Independencia, por ejemplo, “están desesperados”.
Señaló que “el impacto no es solo económico. La experiencia de eventos anteriores (1997-1998 y 2015-2017) muestra una espiral de consecuencias que rara vez se mencionan en los informes oficiales: migración forzada: la falta de empleo y alimentos empuja a las familias a abandonar sus comunidades; incremento de la violencia: la competencia por recursos escasos (agua, tierra, alimentos, empleo) exacerba los conflictos sociales; crisis de salud mental: la depresión y la desesperanza, especialmente entre adultos mayores que ven derrumbarse su mundo, son un factor silencioso pero letal”.
Además, “Chiapas, que ya tiene los índices más altos de marginación y pobreza del país, se convierte así en el termómetro de una falla sistémica”.
Expresó que “si el pronóstico es alarmante, la capacidad de respuesta institucional es aún más preocupante”. Una investigación realizada entre 2017 y 2018 para el libro La Cuenca del Río Usumacinta desde la perspectiva del cambio climático, editado por la Universidad Autónoma de Chapingo y el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA), y coordinado por él y su colega Denise Soares, “reveló un dato escalofriante: de las 72 estaciones meteorológicas que la Comisión Nacional del Agua (Conagua) tenía registradas en esa cuenca, solamente 28 generaban datos congruentes. El resto operaba con información inventada por el propio personal”.
Es decir, abundó, “eran datos basura”, según el resumen de los autores del estudio, lo que “significa que las predicciones oficiales, los pronósticos de lluvia y las alertas tempranas se construyen sobre un cimiento de ficción”.
Pero el problema no es solo climático, aseveró, ya que “investigaciones científicas y la propia negligencia documentada revelan que el sistema de monitoreo meteorológico en México está en ruinas: estaciones con datos inventados, radares abandonados y una desconexión total entre el conocimiento científico y el saber ancestral de los pueblos campesinos e indígenas, que durante 9 mil años han sabido leer el cielo y la tierra”.
García también dijo que “uno de los aspectos más críticos y menos discutidos es la desconexión entre la ciencia oficial y el conocimiento campesino e indígena. Mientras el Servicio Meteorológico Nacional presenta diariamente sus pronósticos en pantallas de computadora y se interpretan por expertos, esa información no llega a los territorios. No existe un plan para traducirla, difundirla y, sobre todo, combinarla con el conocimiento ancestral que los pueblos campesinos e indígenas de Chiapas han acumulado durante milenios”.
Sostuvo que “ese saber, basado en la observación del comportamiento de aves, la floración de plantas, la posición de las estrellas, la dirección del viento, la luna, ha permitido a las comunidades tomar decisiones cruciales: sembrar porque va a llover, o no sembrar para no perder la semilla. Ignorar este conocimiento no es solo un acto de negligencia técnica, sino de desprecio cultural que condena a las comunidades a la indefensión”.
Recordó que “la gran civilización maya tenía una base científica astronómica y de predicción de fenómenos atmosféricos de milenios. La ciencia occidental, con su método científico, tiene solamente unos 420 años (Francis Bacon). Así, los mayas campesinos-indígenas actuales conservan, por el método de tradición oral, un conocimiento que se debe reconocer y valorar en torno a la predicción de fenómenos atmosféricos”.
El investigador opinó que, en este contexto, “la adaptación al cambio climático no puede reducirse a construir más presas o repartir despensas, sino que requiere un enfoque integral que incluya: auditoría y rehabilitación inmediata de la red de estaciones meteorológicas y radares; diálogo de saberes: un puente real entre científicos y comunidades campesinas e indígenas; así como políticas públicas multisectoriales que atiendan empleo, salud mental, migración y seguridad alimentaria de manera coordinada, además de presupuesto y voluntad política para sostener la infraestructura crítica”.
(Con información de La Jornada)
