La manipulación desvergonzada de la historia

Les presentamos el texto de Esther Shabot para eflexionar sobre lo que ven, leen, escuchan por cualquier medio:

Es muy cierto que las narrativas históricas varían, según las perspectivas desde donde se formulan, y que en cada tiempo y cada lugar la selección de hechos y datos, lo mismo que el énfasis diferencial dado a éstos y la manera de relacionarlos, dan como resultado distintas versiones e interpretaciones de eventos ocurridos en el pasado.

Sin embargo, eso no quiere decir que sea igualmente natural y válido falsear los datos duros, la información puntual y demostrada, como si se tratara de algo “interpretable”, sujeto al color de la lente del observador.

No es discutible, por ejemplo, que el 1 de septiembre de 1939 la Alemania hitleriana invadió Polonia, que el 19 de septiembre de 1985 ocurrió un sismo devastador en la Ciudad de México, que Porfirio Díaz salió de México exiliado en el buque Ypiranga, o que bombas atómicas fueron lanzadas desde aviones estadunidenses sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

Es por eso que resulta tan preocupante lo común que se ha vuelto en el discurso político nacional e internacional lo que se ha empezado a conocer como la postverdad, que no es otra cosa que mentiras descaradas dichas con aplomo o con cierto tono de vaguedad según sea necesario.

Si el objetivo es convencer de inmediato, se usa la contundencia, pero si el riesgo de estar expresando una barrabasada es grande, la ambigüedad y la falta intencionada de claridad son necesarias para poder así retractarse en caso de posibilidad de acorralamiento posterior.

Esta afición a los “hechos alternativos” como elegantemente se ha denominado a este tipo de discurso tan común en las arengas del presidente Trump y de muchos de sus allegados, tuvo la semana pasada un episodio vergonzoso por boca del vocero de la Casa Blanca, Sean Spicer.

Al hablar de la malignidad de Bashar al-Assad por el uso de armas químicas, dijo que ni siquiera Hitler había usado gas contra sus ciudadanos, para luego rectificar y decir que lo había usado sólo dentro de los “centros de holocausto”, revelando así, en medio de sus titubeos, una profunda ignorancia aderezada posiblemente por fuentes informativas de la extrema derecha muy aficionadas a las teorías negacionistas del holocausto judío.

De igual modo y casi simultáneamente, la candidata del Frente Nacional de Francia a la Presidencia de su país, Marine Le Pen, se negó a admitir lo que desde hace casi dos décadas fue oficialmente aceptado por los gobiernos franceses: el colaboracionismo activo francés con los nazis en la captura y deportación de decenas de miles de judíos a los campos de la muerte en 1942.

Así, a pesar de que la señora Le Pen se dio cuenta desde hace tiempo de que el antisemitismo explícito de su padre, quien fuera fundador del Frente Nacional, ya no era conveniente para los fines actuales de su partido, en esta ocasión su ultranacionalismo patriotero la traicionó.

Y es que los ultranacionalismos no están hechos para practicar la autocrítica, la cual va contra su naturaleza.

En este contexto de “hechos alternativos”, verdades construidas a modo y facilidad extrema para difundir cualquier cosa gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación, es que resulta más importante que nunca la investigación seria y metodológicamente bien sustentada, a fin de contrarrestar la distorsión tramposa de la realidad, recurso básico de las demagogias.

(Texto de Esther Shabot en su columna Catalejo, publicada por Excelsior)

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