Las mil y una noches de un universitario en Lecumberri

Habían pasado más de 80 tardes tras la noche del miércoles 2 de octubre. Un pesado aroma a persecución se volvió torrente: Germán Álvarez Díaz de León, brigadista de la Preparatoria 4, fue a ocultarse a casa de su madre en la colonia Moctezuma.

“Se me hizo fácil regresar a la Prepa de Tacubaya, había avisado que si en media hora no llegaba es que me habían detenido; sólo caminé dos calles cuando se frena un coche, baja un tipo, me sube, me enfunda la cabeza, me golpea, así estuve en una casa varios días desde el 18 de diciembre, me tocó cinito, así decíamos cuando nos tomaban fotos, cuando te interrogaban y lograban convencerse de sus mentiras.”

“¿Quién les da las armas, quién les da el dinero?”, eran las frases comunes, abundó Álvarez Díaz de León. “A mí no, pero a otros como a Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca los intimidaron con un simulacro de castración. Me llevaron a la procu, ahí estuve otros tantos días, después nadie me pudo ayudar a evadir el Palacio Negro, tan cerca y tan lejos de mi casa”.

Cruje

El miedo, relató con mirada atemporal, se apoderó de mí. Estuve en un lugar que le llaman Turno, que era en la Crujía H, en un Lecumberri terrible, desde las cuatro de la mañana en fajina lavando baños, aunque si tienes dinero, lo evades.

“Visualmente Lecumberri parece que del cielo caía una reja, te robaban todas tus cosas, te daban tus dos uniformes azul celeste y tu gorrita; notaban de inmediato que eras nuevo porque te quitaban los zapatos, las águilas descalzas les llamaban, y como les quedó la locura militar, todo aviso era a cornetazos. Pero cuando me cambiaron de sitio, cambió el mundo”, aseguró.

Ya en la Crujía C se volvió eso un internado, opinó el universitario, debido a que Gilberto Guevara Niebla le impartió clases de Biología, lo que se extendió para entablar una moral colectiva, donde no había drogas ni confrontaciones; es decir, se evitaba la dinámica del prisionero.

“Pero los policías se creían las versiones del complot, de que éramos terroristas y como preso no tenías derecho a poder ser maestro en las primarias ni ir a talleres. A mi uniforme le corté las mangas y me hice los pantalones acampanados, traía el pelo largo, hicimos una huelga de mil horas y nos echaron a los presos. Fue un caso terrible, me reubicaron en la Crujía N hasta que salí, porque no había una lógica de cuándo podrías irte, porque no había nada legal”, explicó.

“Finalmente, yo me sorprendí cuando salí. Ese día también fue excarcelado José Revueltas y otros. Sólo quedaron poquitos dentro, pero no había una lógica, te daba el carcelazo, la depresión. A mí me desesperó mucho el 10 de junio del 71, porque sabía perfectamente que mi esposa andaba embarazada en la manifestación, y hubo que esperar hasta el día siguiente que llegaba la visita para saber qué había pasado. Salí: fueron mil días, mil noches, era julio.”

Regreso a CU

Ese día hablé a mi casa para avisar que había sido excarcelado, el Metro fue la primera bronca, no lo conocía. Nunca olvidaré esa sensación de velocidad que experimenté.

“Regresé a Ciudad Universitaria, caminé sobre el pasillo que está entre Filosofía y Derecho y miré con entusiasmo el anuncio de un mitin; pero, ¡oh!, era una pinta de tres años atrás. También fui a Avándaro, y me pregunté: ¿qué onda, para esto peleamos?”

“De cualquier forma había que trabajar, y aunque fui preso político, tenía antecedentes penales, así que barrí y lavé las instalaciones del CCH Sur cuando se abrió. Más adelante estaba ya en un laboratorio, y después llegué a la Facultad de Psicología y, desde entonces, tengo 45 años en la docencia. Por ello mi agradecimiento es múltiple porque todo lo que soy me lo dio la UNAM”, remató.

(Con información de Gaceta UNAM)

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