Cómo renunciar a una lid deportiva sin sentirse mal

El 29 de abril se realizó el Maratón Internacional Big Sur, en el que me inscribí con mi esposo y mi padre en julio del año pasado y para el que entrené desde ese entonces… y no lo corrí. Como parte de mi entrenamiento, hice una carrera de distancia de 27 kilómetros, pero desde ahí todo empeoró, con un dolor agudo en mi cintilla iliotibial izquierda y ambas rodillas adoloridas.

Dejé de correr por dos semanas e hice con esmero los ejercicios que mi fisioterapeuta me recomendó. Una vez que retomé el entrenamiento, logré hacer dos carreras cortas y ligeras, así como una de 16 kilómetros, pero el dolor regresó.

Una parte de mí sabía que era momento de renunciar, pero otra gran parte de mí no quería aceptarlo. Todos los artículos que encontré en los sitios de corredores cuentan historias sobre cómo regresar de una lesión y cruzar la meta final, no sobre cómo quedarse fuera.

No obstante, al final me di permiso de no correr el maratón y me di cuenta de que esto es congruente con el resto de mi vida actual, conforme estoy aprendiendo el arte perdido de renunciar.

No me refiero a las increíbles historias fallidas que están tan de moda, esas de los empresarios exitosos que comparten momentos desastrosos como una experiencia de vida para llegar a la madurez con el público de las convenciones mundiales de emprendedores de empresas emergentes que fracasaron. Más bien me refiero a dejar las cosas antes de que el suceso se vuelva un conflicto: hacerse a un lado; no forzarte a hacer más de lo que crees que puedes.

Así, el año pasado dejé algo que, en teoría, era el trabajo de mis sueños y había estado buscando durante toda mi carrera: había trabajado en responsabilidad social empresarial durante quince años y me dieron la oportunidad de ocupar ese puesto en Amazon. Sin embargo, resultó que no era el calce perfecto, en particular porque durante los veintidós meses que trabajé en el puesto mis gemelos se transformaron de bebés bultitos que no hablaban en personitas maravillosas y cautivadoras. (Ahora tienen 5 años). Mis tiempos eran flexibles, pero no estaba tan presente como hubiera querido cuando estaba en casa.

¿Podría haber “tenido todo”? Seguro que sí: tenía un esposo que se quedaba en casa y me apoyaba, un salario corporativo y una gran cantidad de modelos a seguir de padres trabajadores en mis amigos, colegas y mi propia crianza.

Nunca había renunciado a nada. Jamás. Siempre había sido totalmente comprometida, una “completadora-finalizadora”, alguien que se marca metas ambiciosas y las alcanza. Corrí mi primer maratón cuando estaba escribiendo mi primer libro, un año después de que tuve a los gemelos, ¡por el amor de Dios!

Pero cuando tomé una pausa para de verdad poner atención y dejé de administrar frenéticamente la logística y de correr proverbialmente a pesar del dolor, supe que no estaba bien. Así que renuncié. Me dolió dejar el equipo que había formado y lo que habríamos podido alcanzar juntos, pero la calidad y cantidad de tiempo que he pasado con mi familia y que he tenido para mí desde entonces compensa con creces mis remordimientos.

Resulta que mis renuncias no terminaron allí. Por primera vez, dejé por la paz borradores a medio terminar de escritos que no fluían. He rechazado proyectos de consultoría que podría haber hecho con los ojos cerrados, justamente porque ya no quiero hacer nada con los ojos cerrados.

Sé que es un enorme lujo poder optar por no trabajar incluso por un periodo corto. No obstante, también me doy cuenta de que es necesario hacer pausa de vez en cuando.

Wayne Muller, el autor de Sabbath, ha escrito sobre cómo a lo largo de la historia las culturas entendieron la importancia del sosiego y la renovación: la creación del mundo estuvo completa después de que Dios descansó al séptimo día, no antes. Muller me hizo notar que los ciclos de descanso y actividad no son opcionales en el mundo natural. “Los osos no dicen: ‘¡Ay no, tengo que hibernar, pero no tengo tiempo! Estoy muy ocupado para irme a dormir este año, pero estoy seguro de que lo haré el que sigue’”. Las plantas y los animales no posponen su estado latente hasta que cumplen con una cosa más en su lista de pendientes; tienen que apagarse para poder sobrevivir otra temporada. Nuestra cultura hiperactiva comienza ya a reconocer la importancia de dormir suficiente y desconectarse de los aparatos.

Estoy en el proceso de encontrar el equilibrio correcto entre apoltronarme literal y metafóricamente en el sillón y atender mi necesidad de estar activa y encauzar mi energía. Tomé una clase de arte; retomé mis lecturas de ficción. Regresé a un retiro de mujeres que antes me había servido para hacer una reflexión estructurada.

La cofundadora del retiro, Barbara Cecil, practica un día de silencio cada mes, el cual dedica a “escuchar desde el interior, en lugar de cumplir lo que esté pendiente”. Mantener lo que Cecil llama una “dieta constante de espacio vacío” es importante en especial para las personas (como yo) que están ante disyuntivas y puedan sentirse tentadas a pensar y organizar la manera en que darán el siguiente paso. “No puedes planificar tu vida para que las cosas externas —lo que haces, con quién estás y dónde estás—concuerden con tu alma”, dijo. “Esa congruencia solo se alcanza cuando escuchas con profunda atención. Planificar excluye cierto nivel de escucha, porque las respuestas llegan casi siempre cuando hay algo de espacio vacío. Un plan casi nunca está vivo”.

Muller también escribe sobre la noción de los antiguos griegos sobre el kairós, traducido más o menos como el momento oportuno o adecuado: “Entendían que había una diferencia entre la medición del tiempo y la experiencia de vivir en el momento”, me dijo. “El tiempo medido tiene su propia manera de obligar militarmente, sin importar lo que suceda; por su parte, el kairós es estar dispuesto a detener el tiempo debido a la falta de preparación para actuar en ese momento”.

Para parafrasear el concepto de kairós en lenguaje moderno: saber cuándo parar y cuándo rendirse. Quizá el trabajo podría haber sido perfecto en una etapa distinta de mi vida; otro día haré un maratón y cruzaré la meta.

¿Aún estoy enojada por haberme perdido el Big Sur después de meses de preparación, además de que experimento oleadas regulares de duda por haber renunciado a eso y a todo lo demás que he dejado durante el año pasado? Por supuesto.

Sin embargo, estoy aprendiendo a sentirme satisfecha cuando levanto los pies para descansar en lo que Muller llama la “hamaca de la suficiencia”. Siempre puedo intentarlo el año que viene. O no.

(La autora Christine Bader escribió “The Evolution of a Corporate Idealist: When Girl Meets Oil”. Actualmente vive en Seattle y hace muy poco)

(Con información de The New York Times)

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