“No soy una bruja”: un mundo olvidado en África

Monterrey, Nuevo León. No soy una bruja (I am not a witch, 2018) inicia con una escena inusual: un grupo de turistas que recorre la campiña africana llega a una granja de brujas, donde son confinadas las mujeres sorprendidas en actos de encantamiento. Si estuvieran libres, podrían volar a cualquier lugar del mundo e incurrir en crímenes atroces.

Las brujas, entonces, hacen ademanes y gesticulaciones, fingiendo ser horrorosas, para que los visitantes puedan tomar fotografías.

Se crea, a partir de ese momento, una atmósfera de surrealismo, con más de una veintena de señoras que hacen trabajos forzados bajo la supervisión del gobierno que las explota acusándolas de encantadoras. No pueden escapar porque se encuentran atadas a su destino a través de un listón blanco de varios metros de extensión, que marca la distancia máxima a la que pueden alejarse del camión que las transporta.

Y así, viven, unidas por la espalda a una cinta incómoda que les impide vivir en libertad porque son, oficialmente brujas. Quien pretenda cortar el lazo, se convertirá en una cabra, según la amenaza que han recibido.

El pasmo inicial es remplazado, rápidamente, por otro mayor. Una aldeana trompica en presencia de Shula (Maggie Mulubwa), una niña de ocho años, quien es acusada de actos de brujería. En un juicio sumario, la menor es integrada a la granja de las hechiceras para que siga su destino cruel y fatigoso.

Lo que parece ser una cómica estampa del subdesarrollo, al grado de la inocencia criminal es, en realidad, un rostro insólito de la ignorancia perniciosa que persiste en algunas regiones del mundo.

Esa villa es habitada por aborígenes supersticiosos que, si bien usan teléfonos móviles, creen en el poder de los magos que pueden traer la lluvia a voluntad, a través de danzas ancestrales.

Hay asuntos bastante serios y hasta escalofriantes en ese entorno, donde el absurdo es la vida misma. Muchos habitantes inteligentes de esos poblados saben que es una locura confiar asuntos trascendentes a adivinadores, pero no pueden protestar, pues serían acusados de blasfemia, herejía, faltas graves que pueden conducir a castigos de barbarie.

Así, no pueden evitar que la niña, a quien se le atribuyen poderes sobrenaturales, sea la encargada de determinar en un juicio quién es el verdadero culpable, basada en su capacidad adivinatoria.

En su debut, la directora Rungano Nyoni, nacida en Zambia, critica el atraso del continente, pero lo hace desde una perspectiva original y con una belleza artística basada en la sencillez de las tomas, y el prodigio de las actuaciones.

Los acontecimientos irreales están enmarcados por estruendosos acordes de jazz y delicados solos de cello. La historia está contada a través de los ojos de la niña que contempla, desesperanzada, la manera en que es manipulada por un funcionario que la explota inescrupulosamente.

La directora sigue a la chiquilla en sus días desdichados y la muestra para quejarse del machismo que prevalece en el continente. Las mujeres en esta historia no valen nada. Son crédulas, tontas, manejadas como objetos, sin posibilidades de emanciparse. Su condición de brujas las condena, como ocurre con Shula, señalada por adquirir una condición que le fue impuesta arbitrariamente.

Mulubwa, también debutante, hace un magnífico trabajo como la chica sigilosa que no puede oponerse a los acontecimientos que la atropellan contra su voluntad. En permanente silencio, solo con los ojos es capaz de gritar: “No soy una bruja”. Pero ninguna de sus compañeras de la granja es capaz de leer la mente.

No soy una bruja exhibe un rincón apartado en el mundo donde parece que todos han perdido la razón. Lo peor de esta postal que elabora Nyoni, con evidente propósito de exportación, es que, contrario a lo que parece, así se vive en esas comunidades, con un atraso cultural milenario muy alejado del progreso y de la anhelada modernidad.

(Con información de Proceso)

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